Las Escrituras Hebreo-arameas, Antiguo Testamento
UNA
ciudad antigua está bajo sitio. Los que la sitian han cruzado como un enjambre
el río Jordán y ahora acampan enfrente de los altos muros de la ciudad. Pero
¡qué extrañas tácticas de combate! Durante los últimos seis días, cada día
el ejército invasor ha marchado alrededor de la ciudad en silencio, excepto por
unos sacerdotes acompañantes que tocan unos cuernos. Ahora, en el séptimo día,
el ejército marcha siete veces, en silencio, alrededor de la ciudad. De repente
los sacerdotes tocan los cuernos con todas sus fuerzas. El ejército rompe su
silencio con un vigoroso grito de guerra, y los elevados muros de la ciudad se
desploman, levantando una nube de polvo; la ciudad queda indefensa. (Josué
6:1-21.)
2 Así describe el libro de Josué, el sexto libro de las Escrituras Hebreas,
la caída de Jericó que tuvo lugar hace casi 3.500 años. Pero ¿realmente
sucedió eso? Muchos representantes de la alta crítica responderían, muy
seguros de sí mismos, que no. Ellos afirman que el libro de Josué —lo mismo
que los cinco libros anteriores de la Biblia— se compone de leyendas que
fueron escritas muchos siglos después del tiempo en que supuestamente tuvieron
lugar los sucesos. Muchos arqueólogos también contestarían que no. Según
ellos, pudiera ser que Jericó ni siquiera existiera cuando los israelitas
entraron en la tierra de Canaán.
3 Esas son acusaciones graves. A medida que uno lee la Biblia, nota que sus
enseñanzas están enlazadas sólidamente con la historia. Los mandatos de Dios
se dan a un pueblo histórico, y él trata con hombres, mujeres, familias y
naciones de la vida real. Los eruditos modernos que ponen en duda la
historicidad de la Biblia ponen en duda también la importancia y la veracidad
de su mensaje. Si la Biblia es realmente la Palabra de Dios, entonces la
historia que contiene debe ser digna de confianza y no tener simplemente
leyendas y mitos.
¿Tiene
apoyo arqueológico la Biblia?
15 Como campo de estudio la arqueología tiene un fundamento mucho más sólido
que el de la alta crítica. De muchas maneras los arqueólogos que excavan entre
los vestigios de civilizaciones pasadas han aumentado nuestro entendimiento de cómo
era la vida en tiempos antiguos. Por eso no sorprende que muchas veces el
registro arqueológico armonice con lo que leemos en la Biblia. A veces la
arqueología hasta ha mostrado que la Biblia tiene razón y sus críticos no.
16 Por ejemplo, según el libro de Daniel, el último gobernante de Babilonia
antes de su caída en manos de los persas se llamó Belsasar. (Daniel 5:1-30.)
Puesto que fuera de la Biblia no había ninguna mención de Belsasar, se levantó
la acusación de que la Biblia estaba equivocada y que aquel hombre nunca había
existido. Pero durante el siglo XIX se descubrieron en unas ruinas del sur de
Irak varios cilindros pequeños con inscripciones en grafía cuneiforme. Se halló
que contenían una oración por la salud del hijo mayor de Nabonido, el rey de
Babilonia. ¿Cómo se llamaba este hijo? Belsasar.
17 ¡Así que había existido un Belsasar! Pero ¿era rey cuando Babilonia cayó?
La mayoría de los documentos que se hallaron más tarde lo llamaban el hijo del
rey, el príncipe heredero. Pero un documento cuneiforme descrito como el
“Relato en versículos de Nabonido” arrojó más luz sobre la verdadera
posición que ocupaba Belsasar. Informó: “Él [Nabonido] confió el
‘Campamento’ a su (hijo) mayor, el primogénito, ordenó que estuvieran bajo
su (mando) las tropas de todas partes del país. Lo cedió (todo), confió el
reinado a él” 8. De modo que a Belsasar se le encargó el reinado. ¡Para todos los fines,
eso de seguro lo hacía rey! Esta relación entre Belsasar y su padre, Nabonido,
explica por qué, durante aquel último banquete en Babilonia, Belsasar dijo que
haría a Daniel el tercer gobernante del reino. (Daniel 5:16.) Puesto que
Nabonido era el primer gobernante, Belsasar mismo era solo el segundo gobernante
de Babilonia.
Otras
pruebas en apoyo
18 Sí, muchos descubrimientos arqueológicos han demostrado la exactitud histórica
de la Biblia. Por ejemplo, la Biblia informa que después que el rey Salomón
hubo recibido de David su padre el reinado, Israel disfrutó de gran
prosperidad. Leemos: “Judá e Israel eran muchos, como los granos de arena que
están junto al mar por su multitud, y comían y bebían y se regocijaban”. (1
Reyes 4:20.) En apoyo de esta declaración, leemos: “La evidencia arqueológica
revela que hubo una explosión demográfica en Judá durante el siglo X a. de
J.C. y después, cuando la paz y prosperidad que trajo David hizo posible la
edificación de muchos pueblos nuevos” 10.
19 Algún tiempo después, de una sola nación se desarrollaron dos —Israel
y Judá—, e Israel conquistó el vecino país de Moab. En la ocasión de una
rebelión de Moab bajo el rey Mesá, Israel formó una alianza con Judá y el
vecino reino de Edom para guerrear contra Moab. (2 Reyes 3:4-27.) Un hecho
extraordinario es que en 1868, en Jordania, se descubrió una estela (una losa
con inscripciones) que contenía en lenguaje moabita el propio relato de Mesá
sobre aquel conflicto.
20 Después, en 740 a.E.C., Dios permitió que el rebelde reino norteño,
Israel, fuera destruido por los asirios. (2 Reyes 17:6-18.) Sobre el relato bíblico
de este suceso la arqueóloga Kathleen Kenyon dice: “Pudiera sospecharse que
parte de esto es hipérbole”. Pero ¿es así? Ella añade: “La evidencia
arqueológica de la caída del reino de Israel es casi más gráfica que la del
registro bíblico. [...] El arrasamiento completo de los pueblos israelitas de
Samaria y Hazor y la acompañante destrucción de Meguidó es la prueba arqueológica
real de que el escritor [bíblico] no exageró” 11.
21 La Biblia nos dice que, más tarde todavía, los babilonios sitiaron
Jerusalén, donde reinaba Joaquín, y la derrotaron. Hay un relato de este
suceso en la Crónica de Babilonia, una tablilla con escritura cuneiforme
descubierta por los arqueólogos. En esa crónica leemos: “El rey de Akkad
[Babilonia] [...] puso sitio a la ciudad de Judá (iahudu) y el rey tomó
la ciudad el segundo día del mes de Addaru” 12.
Joaquín fue llevado a Babilonia y puesto en prisión. Pero la Biblia indica que
algún tiempo después lo pusieron en libertad y recibió una porción designada
de alimento. (2 Reyes 24:8-15; 25:27-30.) Hasta esto tiene el apoyo de
documentos administrativos hallados en Babilonia, que indican las raciones que
se dieron a “Yaukín, rey de Judá” 13.
22 Respecto a la relación entre la arqueología y los relatos históricos de
la Biblia, el profesor David Noel Freedman observó: “Sin embargo, en general
la arqueología ha tendido a apoyar la validez histórica de la narración bíblica.
El amplio esquema cronológico desde los patriarcas hasta los tiempos del
N[uevo] T[estamento] está en correlación con los datos arqueológicos. [...]
Descubrimientos futuros probablemente sostengan la actual postura moderada de
que la tradición bíblica tiene raíces históricas y ha sido transmitida
fielmente, aunque no sea historia en el sentido crítico o científico”.
23 Entonces, respecto a los esfuerzos de los representantes de la alta crítica
por restar crédito a la Biblia, dice: “Las reconstrucciones de la historia bíblica
que han intentado efectuar eruditos modernos —por ejemplo, el punto de vista
de Wellhausen de que la edad patriarcal era un reflejo de la monarquía
dividida; o el rechazamiento de la historicidad de Moisés y del éxodo y la
consiguiente reorganización de la historia israelita por Noth y sus
seguidores— no han sobrevivido a los hechos arqueológicos con tan buen éxito
como la narración bíblica” 14.
La
caída de Jericó
24 ¿Significa esto que la arqueología concuerda con la Biblia en todo caso?
No; hay desacuerdos. Uno de ellos es el de la dramática conquista de Jericó
que describimos al principio de este capítulo. Según la Biblia, Jericó fue la
primera ciudad que Josué conquistó cuando introdujo a los israelitas en la
tierra de Canaán. La cronología bíblica indica que la ciudad cayó en la
primera mitad del siglo XV a.E.C. Después de la conquista, Jericó fue quemada
completamente y luego quedó deshabitada por centenares de años. (Josué
6:1-26; 1 Reyes 16:34.)
25 Antes de la II Guerra Mundial, el profesor John Garstang excavó donde se
creía que había estado Jericó. Descubrió que la ciudad de aquel lugar era
muy antigua y que había sido destruida y reedificada muchas veces. Garstang
halló que durante una de aquellas destrucciones los muros habían caído como
por un terremoto, y la ciudad había sido quemada completamente. Garstang supuso
que esto había ocurrido alrededor de 1400 a.E.C., una fecha que no dista mucho
de la fecha bíblica para la destrucción de Jericó por Josué 15.
26 Después de la guerra, la arqueóloga Kathleen Kenyon hizo otras
excavaciones en Jericó. Llegó a la conclusión de que los muros desplomados
que Garstang había identificado eran centenares de años más antiguos de lo
que él creía. Sí identificó una destrucción grande de Jericó en el siglo
XVI a.E.C., pero dijo que no había ninguna ciudad en la ubicación de Jericó
durante el siglo XV... cuando la Biblia dice que Josué había invadido el país.
Pasó a informar posibles indicaciones de otra destrucción que pudiera
haber sucedido en aquel lugar en 1325 a.E.C. y propuso: “Si la destrucción de
Jericó se ha de relacionar con una invasión bajo Josué, la fecha que la
arqueología propone es esta [última]” 16.
27 ¿Significa esto que la Biblia esté equivocada? De ninguna manera. Tenemos
que recordar que aunque la arqueología abre ante nosotros una ventana al
pasado, el cristal de esa ventana no siempre permite ver con claridad. A veces
es indudablemente opaco. Como señaló un comentador: “Desafortunadamente, la
prueba arqueológica es fragmentaria, y por lo tanto limitada” 17. Esto es especialmente cierto de los primeros períodos de la historia
israelita, pues la prueba arqueológica de esos tiempos no es clara. De hecho,
la prueba es hasta menos clara en Jericó, ya que ese lugar ha sido muy afectado
por la erosión.
En
realidad la Biblia muestra en sí misma que es historia exacta. Los sucesos se
enlazan con tiempos y fechas específicos, a diferencia de los sucesos de la
mayoría de los mitos y leyendas antiguos. Muchos sucesos bíblicos tienen el
apoyo de inscripciones que datan de los tiempos correspondientes. Cuando hay una
diferencia entre la Biblia y alguna inscripción antigua, la discrepancia
frecuentemente se puede atribuir a la aversión de los gobernantes de la antigüedad
a llevar registro de sus propias derrotas, y a su deseo de exagerar sus éxitos.
34 En efecto, muchas de aquellas inscripciones antiguas tienen menos de
historia que de propaganda oficial. En contraste, los escritores de la Biblia
despliegan una franqueza excepcional. Se revela a personas prominentes de la
antigüedad —como a Moisés y Aarón— con todas sus debilidades y virtudes.
Hasta las flaquezas del gran rey David se revelan honradamente. Las faltas de la
nación en conjunto se exponen vez tras vez. La franqueza que así se manifiesta
sostiene la veracidad y fiabilidad de las Escrituras Hebreas y da peso a estas
palabras de Jesús al orar a Dios: “Tu palabra es la verdad”. (Juan 17:17.)
35 Albright pasó a decir: “De todos modos, por su contenido la Biblia se eleva por encima de toda literatura religiosa anterior; y del mismo impresionante modo se eleva sobre toda literatura posterior por la sencillez directa de su mensaje y la universalidad de su atractivo para hombres de todos los países y épocas” 23. Es este ‘mensaje elevado’, más bien que el testimonio de eruditos, lo que demuestra la inspiración de la Biblia, Pero señalemos aquí que los pensadores racionalistas modernos no han podido probar que las Escrituras Hebreas no sean historia verdadera, mientras que estos escritos mismos dan toda prueba de ser exactos.
* Datos Tomados del Libro "La Biblia, palabra de Dios o palabra del hombre", Publicado por la Sociedad Watchtower Bible and Tract Society of Pennsylvania.